“Filiberto murió ahogado en Acapulco”.
Una frase como esta publicada en los massmedia o hecha viral
en las redes sociales hace que los actuales promotores del puerto sufran
soponcios.
Los anteriores promotores también los sufrían; de hecho, desde
que el puerto saltó a la fama internacional todo aquel que tenga o haya tenido intereses
en él se molesta mucho si hay noticias adversas sobre el citado balneario.
Actos de “mala prensa” son comunes con referencia a
Acapulco.
Existe una potente proclividad de ciertos sectores por
señalar lo estrambótico o lo feo, lo ilegal o lo injusto de este puerto.
El gremio periodístico, que al inicio de la carrera
turística del puerto jugó un papel preponderante en su promoción, con el paso
de los años devino en uno de sus principales detractores.
Los cineastas no han sido ajenos a esta tendencia y aparte
de que han usado de set la mayor parte del puerto, sobre todo aquellas zonas
que puedan representar espacios casi vírgenes tales como la Isla de la Roqueta
o los manglares de Pie de la cuesta, también han retratado en la gran pantalla las
profundas desigualdades que privan en el puerto.
Los intelectuales, por su parte, también han hecho suyos
ciertos escenarios de dicho balneario. Muchas novelas y cuentos han tenido como
telón de fondo al puerto, empero, en el trasfondo de cada historia también han
plasmado los brutales contrastes sociales que caracterizan al este enclave.
Sin embargo, el caso de Carlos Fuentes es especial porque en
casi ninguna de las obras en las que menciona al puerto refleja nada relevante de
la vida del mismo.
Para promocionar al balneario hoy día existe un grupo
promotor llamado “Habla bien de Acapulco”.
Así, como si fuera un imperativo, una orden.
No se sabe quién paga a dicho grupo por difundir sólo
noticias buenas del puerto, pero su existencia da cuenta de que Acapulco
siempre ha estado “blindado” por los gobiernos de los tres niveles.
Eso resulta lógico, Acapulco resultaba ser la niña mimada de
cada administración y venderla todo el tiempo era altamente rentable.
Por esa razón, que el joven Carlos Fuentes iniciara el
primer cuento de su primer libro con la frase “Hace algún tiempo, Filiberto
murió ahogado en Acapulco”, ocasionó cierto revuelo en aquel lejano 1954.
En dicho revuelo, algunas notas periodísticas exponían, entre
otros temas, que el joven Fuentes debería continuar con la obra de su padre, un
diplomático de carrera, de promocionar positivamente las obras que el partido oficial
erigía para apuntalar el desarrollo del país, en lugar de jugarle a generar
desconfianza y temor en los turistas.
El joven Fuentes no reparó en esas críticas negativas, como miembro
de esa clase todopoderosa que amparaba el partido oficial, se sabía ser intocable.
Pero, sobre todo, no hizo caso de la tendencia a promocionar
al puerto porque el resto de su obra, es decir, el resto del cuento, que es decir
lo que esa frase había detonado, era más importante que toda la publicidad que
podría hacerse al balneario del Pacífico.
En el ensayo del cual estas reflexiones son preámbulo, se cita
y se analiza esa parte de la obra de Fuentes en la que Acapulco juega un papel
especial.
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