Filiberto murió ahogado en Acapulco II

El día de hoy, en redes sociales la frase que inauguró la operística de Carlos Fuentes ha tomado una fuerza extraña: de un par de años a la fecha cada vez que en Facebook aparece la noticia de que un turista se ha ahogado en nuestras playas no faltan comentarios tales como éstos: “Han pagado tributo a nuestro mar”.

“Es otra ofrenda a nuestros dioses”.

“Una víctima propiciatoria más que ha venido hasta Acapulco sólo a ser sacrificada”.

Sí, son expresiones un tanto chocantes por su indiferencia ante el dolor ajeno, pero no tienen ningún trasfondo de odio porque por lo regular las publican miembros de ciertos grupos (o “colectivos”) que se dedican a rescatar, estudiar, analizar y preservar el pasado indígena o las costumbres y tradiciones de aquellos pueblos originarios y ven en cada deceso no una tragedia sino el cumplimiento de un destino marcado de mucho tiempo atrás a cada persona que ha nacido en México tal y como lo dicta el chamanismo del nahual.

Vivos, en algunas de las visiones de muchos aspectos cosmogónicos del pasado indígena, nuestros destinos, es decir, el de todos los que tenemos este mismo origen, es el de ser víctimas propiciatorias.

Es imposible saber específicamente de qué, es decir, qué es lo que nuestro sacrificio podría propiciar.

Pero en el caso de Filiberto, ese burócrata de medio pelo sumergido en la indolencia de su media edad y de su mediocre vida, parece ser que su muerte serviría para propiciar el retorno de los dioses anteriores, parece ser que buscaba continuar revivir las eternas sentencias que enmudecieron cuando el conquistador quemó aquellos códices sagrados o que, de alguna manera, buscaba demostrar que se entendiera el potente sincretismo que significa la innegable inmortalidad de aquel pasado, de aquellas deidades: ellos siguen vivos en cada enclave contenido en el Anáhuac y su dinámica en cada uno de los hijos que en ese enclave han nacido.

Sólo de esa forma entendemos que Filiberto haya regresado a la ciudad de México.

Sí, volvió muerto, sí, en un humilde ataúd atado al toldo de un camión foráneo de pasajeros (seguramente fue un Flecha Roja) y sí, bajo un túmulo de cocos para ocultar o disimular la fúnebre caja pero, sobre todo, para viajar los 450 kilómetros que median de la ciudad y puerto de Acapulco en donde se ahogó en Semana santa hasta la ciudad de México de donde no debió haber salido porque había sido señalado como el acólito (¿o el sacerdote?) del culto al señor Chac mool inquilino supremo de su casa por deseo de el mismo Filiberto quien lo buscó por todas partes y quien al encontrarlo lo condujo hasta el sótano de su hogar, ese corazón oscuro que late con cada reminiscencia del pasado vigente en los objetos que en él se guardan.

Pobre Filiberto, ¿no sería una torpe ironía venir tan lejos a Acapulco a morir y para nada?

¿No sería una torpe ironía venir a Acapulco sólo a vacacionar?

Pepe, el amigo fiel de Filiberto, en compañía de los cargadores que transportaban de la estación de autobuses el ataúd con sus restos mortuorios hasta su casa, golpeó la puerta de su hogar ¿por qué hizo eso si nadie como él sabía que Filiberto vivía solo?, entonces abrió un indio amarillo que le impidió hablar con esta frase: Lo sé todo, dígale a los hombres que pasen el ataúd al sótano.

El dios, había encarnado.

El sacrificio de Filiberto no había sido en vano.

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